Me invade una oleada de nerviosa tranquilidad. Doy uno, dos y hasta tres pasos sin comprender por qué mi estado de calma no es tal, por qué mi mente me dice que lo que mis ojos ven no es más que una ilusión que en breve se verá frustrada. No alcanzo a describir la fuerza de la ansiedad que me inunda, pero me atrevo a calificarla como una sensación de peligro, como una amenaza anunciada en mi interior, mas no materializada en la realidad.
Mi objetivo está cerca de cumplirse. Meses de preparación tienen que concluir con éxito. No estoy acostumbrado a fracasar. Me prometí acabar con él y tengo decidido conseguirlo cueste lo que me cueste. Lo he observado, lo he analizado. Sé que le puedo hacer daño, destruirlo y mandarlo al otro mundo, al de los olvidados, al de los mortales. Él no se lo espera. Así, el golpe le dolerá más, lo tomará desprevenido y todo será más sencillo para mí.
Diez minutos han pasado. Le he ordenado a mi mente que se concentré. No tiene caso construir fantasmas donde no los hay, sobre todo en un día tan tranquilo y apacible como el que discurre. Nada malo me va a suceder. Sé, por experiencia, que las peores pesadillas se construyen a partir de nuestras sugestiones. Mientras esté tranquilo, no ocurrirá absolutamente nada.
La tentación de reír me vence. Lo observo tan desconcentrado y desprevenido que no doy un peso por él. Su figura despreocupada me orilla a preguntarme si vale la pena acabar con él de un solo disparo. Suele decirse que los valientes dan posibilidades a su víctima o rival, pero no es mi culpa que haya sido incapaz de percatarse de las insinuaciones que le lancé. Lo voy a sorprender, lo voy a aniquilar tan rápido que ni siquiera tendrá tiempo de reaccionar. Morirá de forma indigna, poco elegante.
La relajación por fin llega. Cierro los ojos y concluyo que estoy satisfecho por haber superado ese ligero pero inesperado lapso de temor. Siempre he aborrecido a quienes se sienten perseguidos o acosados. En mi vida, incluyendo una amplia variedad de actividades, siempre he sido fuerte y capaz de superar los obstáculos. En este caso, ni siquiera percibo algún peligro material. Decido que para vivir historias de terror es preferible leer a Stephen King que construirlas a partir de un cerebro al que no le pagan para eso.
Encuentro el espacio perfecto para disparar. Me muevo hacia la izquierda, a continuación hacia la derecha. Está a mi merced y no pienso fallar. Espero, cual matemático reflexionando sobre el resultado final antes de escribirlo, un momento y otro más, muy breves, pero fundamentales para saber que el balazo dará en el blanco. Mi cuerpo siente el impacto del golpe, la violencia del disparo. Su cara de sufrimiento en esos mágicos instantes en los que se pasa del drama posible a lo concreto se convierte en mi exclusivo momento de placer, de gozo absoluto.
Lo alcanzo a ver de reojo. Comprendo, por fin, que aquel temor que me inundó estaba bien fundamentado. Tengo poco o nada que pensar. El hecho de saber que presentí lo que me estaba ocurriendo no hace más que herirme aún más. Veo la bala venir a toda velocidad. El miedo me atrapa. Reacciono como puedo, la busco, lucho por encontrarla. Me aviento para evitar que el disparo me haga daño… es inútil, la bala da en su objetivo, lo impacta con furia… acaba con él.
Verlo tirado como tapete al que todos pueden pisar es un sueño cumplido. Da pena ajena mirar su cadáver. Me dan ganas de ir a burlarme, pero prefiero recoger mis cosas y humillarlo aún más dándome un baño en su propia casa, con su propia agua. No hay mayor afrenta que matar a un ser humano en su propia casa. Yo lo hice sin problema alguno.
Siento vergüenza. No me quiero parar. En la vida de un portero, como duro golpe a la realidad, el verdadero asesinato no se produce cuando la bala impacta en su cuerpo, sino cuando ésta lo supera para penetrar la portería. Tirado boca abajo, jugando de local y después de que el rival me tomó desprevenido a dos minutos de conseguir la clasificación, comprendí lo que era morir en vida, lo que era ser asesinado en mi propia casa.